Nuestra Historia
La historia del Afinador de Pianos.
Mi historia comienza cuando era un niño de cinco años, en 1980, y asistía al jardín de niños Adolfo Prieto, ubicado dentro de lo que entonces era Fundidora Monterrey. Mi padre trabajaba como maquinista en Fundidora, y una de las prestaciones que ofrecía la empresa a los hijos de sus empleados era precisamente el acceso a ese jardín de niños.
Recuerdo claramente que, mientras jugaba en el área del salón de canto, había un piano antiguo que siempre estaba junto a la maestra. Un día, sin embargo, vi algo diferente: mi padre estaba allí, junto al piano, cambiando una cuerda y realizando alguna reparación. No le di demasiada importancia en ese momento y preferí salir a jugar al jardín, donde el jardinero cortaba el pasto con una podadora. Mi hermano y yo nos entreteníamos arrojando una bolsa a las aspas para hacer ruido y ver cómo salía volando la basura.
Así crecimos, con mi padre conduciendo locomotoras dentro de Fundidora y nosotros explorando sus rincones sin imaginar lo que el tiempo traería. Esa etapa llegó a su fin el 10 de mayo de 1986, cuando Fundidora Monterrey —símbolo del Estado de Nuevo León, con su característico emblema del elefante— cerró definitivamente sus puertas.
El renacer entre cuerdas y martillos
Tras el cierre de la planta de acero, mi padre tuvo que reinventarse. Se dedicó al mantenimiento residencial, haciendo trabajos de pintura, carpintería y electricidad, todo con el objetivo de mantener a sus tres hijos en la secundaria y a su hija menor en la primaria. Aunque sentía temor de volver a un mundo que había dejado atrás durante años, decidió retomar el oficio que le apasionaba: los pianos.
Poco a poco, comenzó a anunciar sus servicios en los clasificados de los periódicos El Porvenir y El Norte, en la sección de instrumentos musicales. Yo no entendía cómo podía alguien pasar de ser maquinista en Fundidora a afinador y restaurador de pianos. Pero lo veía hacer preguntas a maestros de música y a otros afinadores de su época. Algunos no querían compartir sus conocimientos; otros simplemente no sabían afinar correctamente.
Mi padre ya tenía una base sólida en afinación, pero aún le faltaba dominar los sistemas más complejos. En aquellos años, en México eran muy pocos quienes realmente conocían a fondo el sistema de afinación profesional. Fue entonces cuando surgió una oportunidad única: en la Ciudad de México, en la sala Ollin Yoliztli, ubicada en Tlalpan, se impartiría una Clínica y Certificación para Afinadores de Pianos. Uno de los temas más importantes que se abordarían era el sistema de afinación de Steinway & Sons, una de las casas de pianos más reconocidas a nivel mundial.
Y como si las coincidencias lo acompañaran, ahí conoció a maestros afinadores de la prestigiada marca alemana. Mi padre, Pedro Juárez Rodríguez, tomó nota de cada detalle, preguntando incluso sobre lo más básico. Regresó a casa con sus apuntes llenos de conocimientos y con la intención de compartir lo aprendido con quienes desearan formarse en este oficio. Sin embargo, enseñar no era su fuerte, así que muchos de sus escritos parecían más jeroglíficos que instrucciones. Fuimos sus hijos quienes comenzamos a interpretar esas notas, a aprender a su lado y, poco a poco, a involucrarnos en el taller.
Así empezó todo: primero desarmando, lijando, despintando y repintando pianos. Arturo, el mayor, y yo, Alejandro, nos convertimos en sus ayudantes. El taller fue tomando forma sin máquinas modernas, solo con fuerza de brazos, técnica artesanal y mucha dedicación. Pintábamos a mano, usando la técnica tradicional de la “muñeca” y brochas de cerdas de pelo de camello para lograr ese característico acabado espejo que distingue a un piano restaurado con amor y precisión.
El Arte del Acabado y la Disciplina de la Afinación
Llevar un piano al acabado final, ese que se conoce como acabado espejo o acabado piano, se fue convirtiendo poco a poco en un verdadero arte. A mi hermano y a mí nos asombraba ver el resultado: ese negro profundo y elegante que parecía transformar por completo el instrumento. Cada vez que un cliente pedía ese tipo de acabado, sabíamos que era un reto, pero también una oportunidad de mostrar lo que habíamos aprendido. A veces llegaban pianos blancos, y aunque en lo personal no me gustaban —por el reto técnico que representaban y lo difícil que era mantenerlos perfectos—, los trabajábamos con la misma dedicación. Pero lo que más me gustaba eran los pianos con maderas finas y vetas poco comunes. En esos casos, mi padre recomendaba no cubrir su belleza natural con pintura negra, sino realzarlos con tonos caoba o nogal. Así se respetaba la esencia del piano, ya fuera madera sólida o enchapado. En cuanto a la afinación, mi padre nos transmitía el sistema que había aprendido de los maestros alemanes, aquellos que tanto admiraba. Era una técnica precisa, meticulosa, casi matemática. Pero para nosotros, siendo apenas adolescentes, era difícil entenderlo. Queríamos salir a jugar, sobre todo al basquetbol. En ese tiempo, Michael Jordan y los Bulls de Chicago estaban en su apogeo, y mi hermano y yo solo pensábamos en practicar con nuestros amigos en el tablero que teníamos afuera. Pero mi padre era firme. Nos decía: “Ya irás… cuando termines de afinar el piano.” Lo que no dimensionábamos era lo que eso implicaba: 289 cuerdas, una por una. Afinar un piano no era cosa de 10 minutos. Podía llevarnos casi dos horas, y al principio parecía eterno. Sin embargo, fue ahí donde aprendimos no solo sobre música y técnica, sino sobre paciencia, constancia y respeto por el oficio.
Más que un oficio, una forma de vida.
Tener el oído entrenado gracias a mi participación en la banda de guerra durante mi juventud me dio una ventaja importante para entender los tonos, los acordes y, eventualmente, la afinación de pianos. Esa sensibilidad auditiva sería clave más adelante, cuando acompañaba a mi padre en sus trabajos. Ya en la preparatoria, las afinaciones que hacía mi padre no se limitaban a Nuevo León. Comenzó a recibir solicitudes de otros estados: Tamaulipas, Chihuahua, San Luis Potosí y Coahuila. Cada viaje era una oportunidad para aprender. Lo acompañaba, observaba, escuchaba y poco a poco entendía los distintos problemas que podían presentar los pianos. Algunos llegaban en condiciones difíciles: instrumentos dañados por la humedad tras las inundaciones del huracán Gilberto, o incluso uno que cayó de una camioneta de tres toneladas y media por no haber sido bien asegurado. Cada piano tenía una historia, y nosotros estábamos ahí para devolverle la vida. Mi padre siempre nos enseñó a ser agradecidos con este gran instrumento, porque fue el piano el que nos abrió puertas en la vida. Gracias a él pudimos estudiar, vestirnos, alimentarnos y desarrollar nuestras propias profesiones, sin nunca alejarnos del oficio que nos formó. Aun cuando cada uno tomó su propio camino, el piano siguió siendo una constante, un vínculo, un refugio… y una pasión. Con los años he comprendido algo que tal vez no veía de joven: un piano, incluso en silencio, tiene algo que decir. Cuando entras a una casa y ves un piano, sabes que ahí hay cultura, educación, sensibilidad… y también cierto estatus. El piano transmite elegancia, buen gusto, y su sola presencia genera respeto. No es casualidad que este instrumento haya sido protagonista en tantas películas, libros e historias de amor. Es romántico por naturaleza, y su música tiene la capacidad de emocionar como pocas. Pero detrás de cada pieza bien interpretada, hay alguien más: el afinador. Sin su labor paciente y precisa, las notas no suenan nítidas, los acordes no vibran en armonía, y la magia no ocurre. El afinador es el artesano invisible que permite que las obras maestras cobren vida como deben ser escuchadas. Y eso, más allá de ser un oficio, es un arte que merece ser contado, valorado y continuado.
El legado de afinar: más que técnica, una forma de ver la vida.
Tener un afinador profesional que brinde servicio y mantenimiento constante a un piano no es un lujo, sino una necesidad. La responsabilidad de conservar el instrumento en óptimas condiciones va mucho más allá de afinarlo: requiere entender a fondo su mecánica, su relación con el entorno —temperatura, humedad, ubicación dentro de una sala o casa— y su historia. Mi padre lo sabía muy bien. Era un hombre observador, inteligente, con un conocimiento que parecía venir no solo de la experiencia, sino también de una intuición fina y precisa. Recuerdo cómo podía saber, por ejemplo, que los pianos fabricados en Chicago tendrían problemas con las varillas de los martinetes: la madera solía volverse quebradiza debido a la contaminación ambiental y los climas extremos de esa región. Después de años de aprendizaje a su lado, y de absorber todo lo que me heredó, un día —ya con unos 25 años— me atreví a decirle: “Papá, creo que ya sé afinar.” Él me miró con una mezcla de orgullo y serenidad, y respondió: “Has aprendido el sistema. Has educado tu oído para reconocer la afinación y la desafinación. Pero…” —pausó— “…cuando llegues a los 100 pianos afinados, realmente sabrás afinar.” Para entonces, ya había trabajado con unos 30 pianos, y muchos más en los que lo había acompañado desde mi adolescencia. En ese momento, como reconocimiento y símbolo de confianza, me regaló mi primera llave de afinar y mis propias herramientas. Aquel gesto fue aún más significativo porque en ese tiempo yo era Teniente de Artillería en el Ejército. Ese regalo no era solo un conjunto de instrumentos. Era una herencia, un símbolo de que estaba listo para llevar adelante lo que él había comenzado. Con el tiempo, confirmé sus palabras: nunca dejas de aprender. Cada piano es diferente, cada sala tiene su propia acústica, cada cliente su sensibilidad. Pero hay algo que siempre permanece: la gratitud. Porque el piano, y todo lo que gira a su alrededor, nos dio de comer, nos permitió estudiar, vestirnos con dignidad y tener un oficio poco común, que además es todo un arte. A lo largo de mi carrera militar, este conocimiento me ha abierto puertas, conversaciones, amistades. Me enseñó que el verdadero valor del trabajo está en el detalle, en el respeto por la tradición, y en la humildad de saber que siempre hay algo más por descubrir.
